
«Problemas de vejiga. Cálculos renales, quizás. Yo pondré fin a todo eso.»
Las puertas de los dos retretes estaban abiertas cuando el depredador se acercó. Dentro no había nadie. Tenía ya la navaja en la mano y oyó un satisfactorio chasquido, el sonido de la hoja al desplegarse.
Y luego, un segundo después, volvió a oír el mismo ruido, y cayó en la cuenta de que el primer chasquido no procedía de su navaja, sino de otra. De repente se le secó la garganta y oyó el martilleo de su corazón; aun así, aceleró sus movimientos. Ahora el gordo también se movía, con su mano derecha convertida en una mancha borrosa de color rosado y plata, y de pronto el depredador sintió una opresión en el pecho seguida de un dolor lancinante que se propagó rápidamente por el cuerpo, paralizándolo conforme crecía; y cuando intentó caminar, las piernas no respondieron a las señales del cerebro. Cuando se desplomó en las baldosas frías y húmedas, la navaja se desprendió de los dedos de su mano derecha y, al mismo tiempo, con la izquierda rodeó la empuñadura de carey del arma hundida en su corazón. La sangre manaba a borbotones de la herida y empezaba a extenderse por el suelo. Vio cómo un par de zapatos marrones se apartaban con cuidado para esquivar el creciente charco.
Con la poca fuerza que le quedaba, el depredador levantó la cabeza y miró al gordo a la cara, pero éste ya no tenía el mismo aspecto que antes. Ahora la grasa era músculo, los hombros caídos se habían enderezado, y hasta el sudor había desaparecido evaporándose en el aire fresco de la noche. En él sólo había muerte y determinación, y por un instante las dos confluyeron en una única cosa.
