El depredador vio unas cicatrices en el cuello del hombre y supo que había sufrido quemaduras en algún momento del pasado. Aun mientras moría allí tendido, empezó a asociar ideas, a llenar lagunas.

– Tendrías que haberte andado con más cuidado, William -dijo el gordo-. Nunca hay que confundir el trabajo con el placer.

El depredador movió los labios y dejó escapar un sonido gutural. Quizás intentaba articular palabras, pero no le salió ninguna. No obstante, el gordo supo qué quería decir.

– ¿Quién soy? -preguntó-. Tú me conocías. Los años me han cambiado: la edad, los actos de los demás, el bisturí. Me llamo Ventura.

Cuando el depredador empezó a entender, alzó la vista al techo en un gesto de desesperación y arañó el suelo embaldosado en un vano esfuerzo por alcanzar su navaja. Ventura lo observó durante un momento. A continuación se agachó y retorció la hoja en el corazón del depredador antes de extraerla. Después de limpiar la hoja en la camisa del muerto, sacó una pequeña botella de cristal del bolsillo interior de la chaqueta y, acercándola a la herida en el pecho del depredador, ejerció un poco de presión para aumentar la efusión. Cuando la botella se llenó, enroscó el tapón y salió del servicio, su cuerpo alterándose mientras caminaba, convirtiéndose de nuevo en el aletargado y sudoroso portador del alma de un fracasado. Nadie, ni siquiera el camarero, lo miró al marcharse, y cuando descubrieron el cadáver del depredador y avisaron a la policía, hacía mucho tiempo que Ventura se había ido.


El último asesinato fue en un campo abierto a unos treinta kilómetros al sur del río St. Lawrence, en la región septentrional de los Adirondacks. Era una tierra a la que el fuego y la sequía, la labranza y el ferrocarril, el viento huracanado y la minería habían dado forma. Durante un tiempo el hierro aportó más ganancias que la madera, y el ferrocarril abrió una franja en el bosque, y más de una vez las chispas de las chimeneas de las locomotoras provocaron incendios que requirieron la intervención de hasta cinco mil hombres para sofocarlos.



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