Una de esas vías de ferrocarril, ahora abandonada, trazaba una curva a través de un bosque de abetos, arces, abedules y hayas pequeñas antes de salir a un claro, reliquia del gran huracán de 1950, que derribó gran cantidad de árboles, nunca replantados. Sólo un abeto sobrevivió al vendaval, y ahora había un hombre de rodillas a su sombra sobre la tierra húmeda. A su lado se alzaba una lápida. El hombre arrodillado había leído el nombre tallado en la piedra cuando lo llevaron allí. Se lo habían mostrado bajo el haz de una linterna antes de la paliza. A lo lejos había una casa con luz en una ventana del piso superior. Le pareció ver una silueta sentada detrás del cristal, observando mientras lo hacían trizas metódicamente con los puños.

Lo habían ido a buscar a su cabaña cerca del lago Placid. Con él se encontraba una chica. Les pidió que a ella no le hicieran daño. Atada y amordazada, la dejaron llorando en el baño. No matarla había sido un pequeño acto de misericordia, pero a él no le darían el mismo trato.

Ya no veía bien. Un ojo se le había cerrado por completo, y nunca volvería a abrirlo, no en este mundo. Tenía los labios partidos y había perdido dientes. Le habían roto costillas, no sabía cuántas. Había sido un castigo metódico pero no sádico. Buscaban información, y él, al cabo de un rato, se la había dado. En ese momento se interrumpió la paliza. Desde entonces permanecía arrodillado en la tierra blanda, y las rodillas se le hundían poco a poco en el suelo, presagiando su inminente entierro.

Desde la casa se acercó una camioneta. Siguió un camino trillado hasta la tumba y allí se detuvo. Tras abrirse las puertas traseras, oyó un ruido mecánico mientras descendían una rampa.



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