
El hombre arrodillado volvió la cabeza. Por la rampa bajó lentamente la figura encorvada de un anciano en una silla de ruedas. Iba envuelto en mantas, como un niño marchito, y un gorro de lana rojo le protegía la cabeza del frío nocturno. Ocultaba su rostro casi por completo una mascarilla de oxígeno colocada sobre la boca y la nariz y conectada a una bombona prendida al respaldo de la silla. Sólo se le veían los ojos, castaños y lechosos. Empujaba la silla un hombre de poco más de cuarenta años, que se detuvo a un par de metros de donde esperaba el hombre arrodillado.
El viejo se quitó la mascarilla con dedos trémulos.
– ¿Sabes quién soy? -preguntó.
El hombre arrodillado movió la cabeza en un gesto de asentimiento, pero el otro prosiguió como si no hubiese recibido respuesta. Señaló la lápida con un dedo.
– Mi primogénito, mi hijo -explicó-. Tú mandaste matarlo. ¿Por qué?
– ¿Y qué importa? -articuló el hombre arrodillado con dificultad.
– A mí sí me importa.
– Vete al infierno. -Volvieron a sangrarle los labios por el esfuerzo-. Ya les he dicho todo lo que sé.
El viejo se llevó la mascarilla al rostro y tomó aire con un estertor antes de hablar otra vez.
– He tardado mucho en encontrarte -dijo-. Os habéis escondido bien, tú y los demás responsables. Cobardes, todos vosotros. Creíais que me perdería en el dolor, pero no fue así. Nunca lo olvidé, nunca dejé de buscar. Juré que vuestra sangre se derramaría sobre su tumba.
El hombre arrodillado desvió la mirada y escupió en el suelo delante de la lápida.
– Acaba ya -dijo-. Tu dolor me trae sin cuidado.
El viejo alzó una mano consumida. Una sombra se proyectó sobre el hombre arrodillado y le descerrajaron dos tiros en la espalda. Cayó de bruces sobre la tumba y su sangre empezó a filtrarse en la tierra. El viejo movió la cabeza, satisfecho de sí mismo.
– Ya ha empezado.
