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Willie Brew estaba en el lavabo de caballeros del bar de Nate, el Tap Joint, mirándose en el maltrecho espejo que había encima del lavamanos igual de maltrecho. Decidió que no aparentaba sesenta años. Bajo una luz adecuada, podía pasar por cincuenta y cinco. Bueno, cincuenta y seis. Por desgracia, aún no había encontrado esa luz en particular. Desde luego, no era la del lavabo de caballeros del bar de Nate, tan intensa que a uno, al mear, le daba la sensación de estar bajo interrogatorio.
Willie era calvo. A los treinta años ya había perdido casi todo el pelo. Después había experimentado con varias maneras de camuflar la calvicie: mechones cruzados sobre la calva, sombreros, e incluso una peluca. Se decidió por una peluca cara, una de esas hechas con fibras de aspecto natural. Pensó que había elegido mal el color o algo así, porque hasta los niños se reían de él, y los amigos que se dejaban caer por el taller mecánico cuando no tenían nada mejor que hacer, que era casi siempre, habían elaborado un muestrario con los diversos tonos de rojo que adquiría su cabeza bajo las distintas luces y sombras del garaje. Willie ya tenía bastantes problemas sin necesidad de convertirse en el hazmerreír de un puñado de inútiles, casi siempre en el paro, como por ejemplo cierto bicho raro de Coney Island: «Venid a ver al Tío de la Peluca: Una Maravilla de los Tiempos Modernos. Con todos los Colores del Arco Iris…». A los seis meses tiró la peluca a la basura. Ahora se conformaba con que la cabeza no le brillase demasiado en público.
Se pellizcó la piel debajo de los pómulos. Tenía profundas grietas en las comisuras de los labios y los párpados, que podrían haber pasado por arrugas de la risa si Willie Brew fuera un hombre que riese mucho, pero no lo era. Willie contó por encima dichas marcas y se maravilló de lo gracioso que debía de encontrar la gente el mundo para acabar con tal cantidad de arrugas. Había que estar loco para que el mundo te hiciera tanta gracia. Tenía capilares rotos en la nariz, vestigio de su atribulada edad mediana, y unos cuantos dientes sueltos. En algún punto a lo largo de la vida había echado también un poco de papada.
