
Willie vestía un pantalón negro Sta-Prest, una camisa blanca que amarilleaba por el paso del tiempo, y una chaqueta gris que él quería
ver como un clásico de la sastrería pero que en realidad sólo era vieja. Lucía asimismo la corbata nueva que le había regalado Arno esa mañana, acompañándola de las palabras: «Feliz cumpleaños, jefe. ¿Va a jubilarse ya y dejarme el taller?». Se trataba de una corbata cara: de seda negra, bordada con finas hebras doradas. No era como las que uno compraba en Chinatown o Little Italy a esos que vendían pañuelos y relojes de imitación en las aceras, todos envueltos en plástico y con nombres como «Guci» o «Armoni» para paletos que no sabían ver la diferencia, o que creían que nadie la vería. No, la corbata era de relativo buen gusto para ser Arno quien la había comprado. Willie sospechó que la había elegido con ayuda de alguien, pues, por lo que Willie recordaba de un funeral al que habían asistido los dos ese mismo año, Arno sólo tenía una corbata en el armario, y era granate, de poliéster, con manchas de grasa de eje.
El caso era que Willie no se sentía como un hombre de sesenta años. Había vivido mucho -Vietnam, un divorcio doloroso, ciertos problemas cardiacos hacía un par de años-, y eso desde luego lo había avejentado físicamente (esas arrugas y el poco cabello gris que le quedaba se los había ganado a pulso), pero por dentro se sentía como siempre, o al menos como antes de cumplir los treinta. Ése fue su momento de máxima plenitud. Había sobrevivido a dos años en la infantería de marina, tras los que regresó junto a una mujer que lo quería lo suficiente para casarse con él.
