
Así las cosas, no necesitaban grandes excusas para arremeter contra Errol Rich. En todo caso, él les había dado una, y antes de acabar la semana lo habían rociado de gasolina, colgado de un árbol y abrasado.
Y de esa manera Errol Rich se convirtió en el Hombre Quemado.
Errol Rich tenía una mujer en una ciudad a más de ciento cincuenta kilómetros al norte. Ella le había dado un hijo y, una vez al mes, Errol viajaba hasta allí en su furgoneta para verlos y asegurarse de que no les faltaba nada. Su mujer trabajaba en un gran hotel. Errol había sido el encargado de mantenimiento de ese mismo hotel, pero ocurrió algo -otra vez ese genio vivo, se rumoreaba- y tuvo que separarse de su mujer y su hijo para buscar empleo en otra parte. Los fines de semana que no visitaba a su familia se lo veía por las noches bebiendo tranquilamente en un pequeño cobertizo de los pantanos que hacía las veces de bar y centro de reunión para la gente de color, tolerado por la policía local siempre y cuando no hubiese alborotos ni prostitución, o al menos no demasiado ostensibles. La madre de Louis iba allí a veces con sus amigas, pese a la desaprobación de la abuela, Lucy. Ponían música, y a menudo la madre de Louis y Errol Rich bailaban juntos, pero en sus ritmos se advertía tristeza, desconsuelo, como si aquello fuese ya lo único que les quedaba, y lo único que tendrían durante el resto de sus vidas.
