Aunque apenas tiene dieciocho años, este hijo de la alta nobleza parta estaría rodeado de una gran consideración si su mirada no trasluciera un candor infantil que le despoja de toda majestad. ¡Cómo no recibir con sonrisas condescendientes a aquel que irrumpe ante un desconocido y se presenta en estos términos: «Soy un buscador de la verdad»!

Precisamente con estas palabras se ha dirigido Pattig, este miércoles, a un personaje totalmente vestido de blanco que se mantiene apartado, inclinado sobre el estanque oval, y que lleva en la mano un largo bastón nudoso, rematado por una empuñadura colocada de través que golpetea con un movimiento protector.

– Buscador de la verdad -repite el hombre sin burla aparente-. ¡Cómo no serlo en este siglo en el que tanta devoción se codea con tanta incredulidad!

El joven parto se siente en terreno amigo.

– Mi nombre es Pattig. Soy originario de Ecbatana.

– Y yo soy Sittai, de Palmira.

– Tus ropas no son las de la gente de tu ciudad.

– Tus palabras no son las de la gente de tu casta.

El hombre ha acompañado su réplica con un gesto de irritación. Pattig, que no ha notado nada, prosigue:

– ¡Palmira! ¿Es verdad que han erigido allí un santuario sin estatua, consagrado «al dios desconocido»?

El otro deja transcurrir un largo rato antes de responder con evidente desgana:

– Eso dicen.

– ¡Así que jamás has visitado ese lugar! Sin duda hace mucho tiempo que abandonaste tu ciudad.

Pero el palmireno se contenta con un carraspeo. Sus rasgos se han endurecido y mira a lo lejos como para divisar a un amigo que se hubiera retrasado. Pattig no insiste. Susurra una palabra de despedida y se une al corro más próximo sin dejar de vigilar al hombre con el rabillo del ojo.



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