Aquel que se ha identificado como Sittai permanece en el mismo lugar, solo, jugueteando con su bastón. Cuando le ofrecen una copa de vino, la toma, aspira su perfume y hace ademán de llevársela a los labios, pero Pattig observa que en cuanto el sirviente se aleja, derrama la bebida al pie de un árbol hasta la última gota; cuando le presentan una brocheta de langostas asadas, la actitud es la misma: comienza por rechazarla y, puesto que insisten, toma una y pronto la deja caer por detrás de él, hundiéndola luego en el suelo de un taconazo antes de inclinarse sobre el estanque para enjuagarse los dedos.

Absorto en ese espectáculo, Pattig no escucha a sus interlocutores que, irritados, se apartan de él. Sólo le distrae la voz de un joven sacerdote clamando que la ceremonia va a comenzar e invitando a los fieles a apresurarse hacia la gran escalinata que lleva al santuario. Algunos tienen aún en la mano una copa o un vaso y conversan mientras caminan, pero sus pasos pronto se aceleran, ya que nadie quiere perderse los primeros momentos de la celebración.

Sobre todo, hoy. En efecto, se ha corrido el rumor de que, la víspera, Nabu se había agitado en su pedestal, señal manifiesta de su deseo de moverse. Hasta parece que se vieron gotas de sudor que le corrían por las sienes, la frente y la barba, y que el Gran Sacerdote le había prometido de rodillas organizar una procesión ese miércoles a la puesta del sol. Según una antigua tradición, Nabu conduce él mismo sus cortejos; los sacerdotes se contentan con llevarlo, con los brazos estirados, muy alto por encima de sus cabezas, y el dios, con imperceptibles empujones, les indica la dirección que deben tomar. Algunas veces, les hace ejecutar una danza, otras, un largo trayecto rectilíneo que les lleva a un lugar donde exige que se le deposite. Sus menores movimientos son otros tantos oráculos que los adivinos tonsurados se comprometen a interpretar; porque el ídolo habla de cosechas, de guerras y de epidemias, dirigiendo a veces a este o a aquel personaje unas señales de alegría o de muerte.



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