
Mientras los fieles penetran por grupos en el santuario y el canto de los oficiantes va ganando en amplitud, Sittai, que se ha quedado solo afuera, pasea de un lado a otro por el atrio que lleva desde la gran escalinata a la puerta oriental.
El sol no es ya más que una cresta de ladrillo ardiente, lejos, más allá del Tigris; los portadores de antorchas forman un semicírculo en torno al altar, los sacerdotes inciensan la estatua de Nabu, los chantres recitan un encantamiento, acompañándose de un monótono timbal:
Nabu sonríe a la luz temblorosa de las antorchas, sus ojos parecen clavados en la afluencia de fieles, sobre los que reina de pie, con su larga barba que le llega hasta la mitad del pecho, enfundado en una ceñida coraza y en su túnica de madera veteada que se ensancha formando un pedestal. Se acercan seis sacerdotes, desplazan la estatua y la instalan sobre unas andas de madera que izan hasta sus hombros y luego más alto, por encima de sus cabezas. Mientras se forma la procesión, el dios se eleva a cada paso hasta flotar en el aire. Sus porteadores le encuentran muy ligero; con las manos extendidas, apenas le rozan y el dios parece flotar por encima de la multitud que se apretuja con gritos de éxtasis. Los porteadores giran sobre sí mismos, luego dibujan un círculo más amplio antes de dirigirse hacia la salida. Los fieles se apartan.
