Ahora la procesión está fuera, en el pequeño atrio. El dios efectúa una corta danza alrededor del pozo de las aguas lustrales y avanza hacia la escalinata. En ese momento, un sacerdote tropieza y se esfuerza por recobrar el equilibrio, pero ya el siguiente se tambalea a su vez y se desploma. La estatua, sin sujeción, parece saltar hacia la monumental escalera por la que rueda dando brincos, seguida por las miradas de la multitud petrificada.

Por muy guerrero, por muy parto que sea, Pattig no puede contener las lágrimas. No es el funesto presagio lo que le abruma. Para él se trata de otra cosa: es su fervor el que ha sido insultado. Ha querido creer en Nabu; semana tras semana, experimentaba la necesidad de contemplarle, macizo en su trono, infalible, sin edad, sonriendo a la decadencia de los imperios, haciendo caso omiso de las calamidades. ¡Y, bruscamente, esta caída!

Sin embargo, se le ocurre una idea que le impide abandonarse a las lamentaciones. Arrodillándose en el lugar del drama, no tarda en descubrir, clavado entre dos losas de mármol, un trozo de bastón. Lo extrae, lo examina y no le cabe la menor duda de que la punta superior ha sido aserrada. «¡Maldito palmireno!», murmura Pattig que recuerda a Sittai paseándose por el atrio, deteniéndose y clavando su bastón en el suelo antes de retorcerlo y arrancarlo como se haría con una mala hierba. Pattig se levanta y busca inútilmente con los ojos, a su alrededor, al hombre del traje blanco. «¡Maldito palmireno!», refunfuña una vez más, tentado de gritar «al asesino», «al deicida», de lanzar a la exaltada muchedumbre en persecución del sacrilego.

Pero los sacerdotes suben ya, llevando con inútiles precauciones las piezas rotas de la estatua, un trozo de brazo pegado aún al hombro, un mechón de barba colgado de un lóbulo de la oreja… La cólera de Pattig se transforma en tristeza resignada. Casi le reprocha a Nabu ofrecer semejante espectáculo. Se aleja, dispuesto a vagar hasta el alba por los senderos del templo. Por instinto, sus pasos toman de nuevo el camino del estanque oval y, con los ojos aún llenos de lágrimas, mira hacia el lugar donde se encontraba aquel hombre maldito.



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