
Allí está Sittai. En la misma losa. En la misma postura. Tan blanco como siempre, desde el gorro hasta las sandalias, golpeando con la mano la empuñadura de un bastón singularmente corto. Pattig se planta ante él, le coge por la túnica y le zarandea:
– ¡Ay de ti, palmireno! ¿Por qué has hecho eso?
El hombre no deja traslucir ni sorpresa ni inquietud y tampoco intenta soltarse. Su elocución es tranquila y firme.
– Si es verdad que Nabu ha guiado los pasos de sus sacerdotes, es él quien les ha hecho tropezar. ¿O bien ignoraba, a pesar de su omnisciencia, que yo había roto mi bastón en aquel lugar?
– ¿Por qué le guardas rencor al dios Nabu? ¿Te ha castigado de alguna manera? ¿Se ha negado a salvar a un hijo enfermo?
– ¿Guardar rencor a esa viga esculpida? No puede ni afligir ni curar. ¿Qué podría hacer Nabu por ti o por mí si no puede hacer nada por él mismo?
– ¡Y ahora blasfemas! ¿No respetas la divinidad?
– El dios que yo adoro no se cae, no se rompe, no teme ni mi bastón ni mis sarcasmos. Sólo él merece un fervor como el tuyo.
– ¿Cuál es su nombre?
– Es él quien da los nombres a los seres y a las cosas.
– ¿Y por él has roto la estatua?
– No, la he roto por ti, hombre de Ecbatana. Tú que buscas la verdad, ¿la esperas aún de la boca de Nabu?
Pattig abandona la lucha y con aire ausente va a sentarse, ya vencido, en el borde del estanque. Sittai avanza hacia él y le pone la mano abierta sobre la cabeza. Un gesto de posesión al que acompañan estas palabras:
– La verdad es una amante exigente, Pattig, no tolera ninguna infidelidad; a ella le debes toda tu devoción, todos los momentos de tu vida son suyos. ¿Es realmente la verdad lo que buscas?
