– ¡Nada más que eso!

– ¿La deseas hasta el punto de abandonar todo por ella?

– Todo.

– Y si fuera a ti a quien se le pidiera mañana romper un ídolo, ¿lo harías?

Pattig se sobresalta y se echa atrás.

– ¿Por qué tendría que ofender a Nabu? En este templo me han recibido como a un hermano, he compartido su vino y su carne y, a veces, alrededor de este estanque, las mujeres me han abierto los brazos.

– A partir de este día, no beberás vino, no volverás a comer carne y no te acercarás a ninguna mujer.

– ¿A ninguna mujer? ¡He dejado una esposa en mi pueblo de Mardino!

Es una súplica, Pattig está desconcertado, pero Sittai no le deja un instante de respiro:

– Tendrás que abandonarla.

– Va a dar a luz dentro de unas semanas. ¡Estoy impaciente por ver a mi primer hijo! ¿Qué padre sería si los abandonara?

– Pattig, si realmente es la verdad lo que buscas, no la encontrarás en el abrazo de una mujer ni en los vagidos de un recién nacido. Ya te lo he dicho, la verdad es exigente; ¿la deseas aún o has renunciado ya a ella?


* * *

Cuando, corriendo a su encuentro hasta el camino alto se lanza a su cuello, jadeante, y él la rechaza fríamente con las dos manos, Mariam se dice que su marido, por pudor, no quiere que el extranjero que le acompaña sea testigo de sus efusiones.

Con todo, se siente un poco herida, pero se guarda de demostrarlo y ordena que lleven a los dos hombres unos lebrillos de agua y toallas para que puedan lavarse el polvo de los caminos. Ella se escabulle tras una colgadura. Cuando reaparece, una hora más tarde, es un verdadero festín lo que lleva a la terraza. Mientras ella avanza con las primicias, dos copas del mejor vino de la tierra de Mardino, un sirviente la sigue cargado con una gran bandeja de cobre donde se superponen platos y escudillas. Totalmente concentrado en escuchar al hombre de blanco que le habla a media voz, Pattig no les ha oído acercarse.



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