Pero, de repente, no se sentía cómoda con él y no entendía por qué.

En ese momento, Josh se dirigió hacia ella y Bella tomó un sorbo de champán para calmar los nervios. El mismo Josh de siempre. Era una tontería pensar que algo había cambiado entre ellos.

– ¿Estás bien?

– Sí, claro. ¿Por qué?

– Porque pareces un poco tensa. No sé… ¿Will y tú tenéis problemas?

Bella dejó escapar un suspiro.

– ¿Por qué te empeñas en que mi relación con Will sea un desastre? -le espetó, irritada-. Will es estupendo. Es increíblemente atractivo, generoso, inteligente, tiene éxito en la vida…

Era, pensó, angustiada. Cuando conoció a Will se volvió loca por él. ¿Por qué ya no podía sentir lo mismo?

– Ya, claro.

– Es que lo echo de menos. Y la casa está muy vacía sin Kate.

– Ya me imagino. ¿Vas a quedarte allí?

– Supongo. El alquiler es muy bajo. Phoebe no necesita el dinero… una de las ventajas de tener un marido rico, claro. Así que puedo pagar el alquiler yo sólita.

– Pues si Will es tan perfecto como dices, no sé por qué no te vas a vivir con él. ¿Es que no quiere comprometerse? -preguntó Josh, sarcástico.

– ¡Y eso lo dices tú! Tú, que nunca te has comprometido con nadie.

– Estoy esperando a la mujer perfecta -contestó él.

– De eso nada. Lo que pasa es que te da miedo.

– ¿Cómo puedes decir eso, Bella?

– Sí, sí, ya sé que viajas en convoyes por zonas de guerra, que rescatas gente de la montaña y todo eso.

Antes de abrir su propia empresa, Josh se dedicaba a dar apoyo logístico a las expediciones de organizaciones no gubernamentales y a otras como Cruz Roja Internacional. La mayoría tenían como objetivo ayudar en zonas en las que había ocurrido una catástrofe, pero también organizaban expediciones para personas que, sencillamente, querían vivir una aventura.

Bella no entendía por qué alguien pagara dinero para estar muerto de frío y de miedo durante un mes, pero el negocio de Josh iba viento en popa.



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