
– No, no se trata de mamá…
– ¡Entonces no hagas esas cosas! ¡Has estado a punto de provocarme un ataque de vómitos!
– Lo siento… yo sólo… se me está acabando el tiempo. Uno de nuestros clientes… Se suponía que Lapidus debía hacer una transferencia y me acaban de dejar con el culo al aire porque el dinero aún no ha llegado.
Charlie apoya sus pesados zapatos negros sobre el escritorio, inclina su silla hacia atrás hasta dejarla apoyada en las patas traseras y coge una lata amarilla de Play-Doh de una esquina del escritorio. La levanta a la altura de la nariz, le quita la tapa, husmea la lata como si fuese un niño y se echa a reír. Es la típica risa aguda de hermano pequeño.
– ¿Cómo puedes pensar que es divertido? -le pregunto.
– ¿Es eso lo que te preocupa? ¿Un tío que no ha recibido su dinero ambulante? Dile que espere hasta el lunes.
– Por qué no se lo dices tú… su nombre es Tanner Drew.
La silla de Charlie golpea el suelo con fuerza.
– ¿Hablas en serio? -pregunta-. ¿De cuánto dinero estamos hablando?
No contesto.
– Venga, Ollie, no tengo intención de montar un escándalo.
Sigo callado.
– Escucha, si no querías decírmelo, ¿por qué bajaste?
No puedo rebatir ese argumento. Mi respuesta es apenas un susurro.
– Cuarenta millones de dólares.
– ¡Cuarenta millones! -grita-. ¿Te has vuelto loco?
– ¡Dijiste que no montarías un escándalo!
– Ollie, esto no es como estafarle a un paleto un fajo de billetes. Cuando hablas de ocho dígitos… ni siquiera para Tanner es calderilla… y el tío ya posee la mitad del centro…
– ¡Charlie! -grito.
Se interrumpe; ya sabe que estoy jodido.
– Realmente podría necesitar tu ayuda -añado, observando su reacción.
Para cualquier otra persona sería un momento para guardar como un tesoro: una admisión de debilidad que podría volver a inclinar para siempre la balanza entre escritorios de nogal y formica beige. Para ser sincero, probablemente me lo merezco.
