
»¡Mira quién viene a buscar diversión en los barrios bajos! -se burla-. Eh, ¿dónde está tu chapa «Ya no soy un proletario»?
Ignoro el golpe. Es algo a lo que he tenido que acostumbrarme en los últimos meses. Seis meses, para ser exacto -que es el tiempo que ha transcurrido desde que le conseguí el trabajo en el banco-. Charlie necesitaba el dinero y mamá y yo necesitábamos ayuda para pagar las facturas. Si se hubiese tratado solamente del gas, la electricidad y el alquiler, no hubiéramos tenido problemas. Pero nuestra factura en el hospital… por Charlie; eso siempre se lo ha tomado como algo personal. Es la única razón por la que aceptó el trabajo. Y aunque yo sé que lo considera sólo como una manera de contribuir a la economía familiar mientras escribe su música, no debe resultar fácil para él verme en los pisos de arriba, en una oficina privada con un escritorio de nogal y un sillón de cuero, mientras que él está aquí abajo con los cubículos y la formica beige.
– ¿Qué te ocurre? -pregunta mientras me froto los ojos-. ¿La luz de los fluorescentes te hace daño? Si quieres, puedo ir arriba y traer tu lámpara, o quizá debería bajar tu mini alfombra persa… sé de qué modo la alfombra industrial afecta tu…
– ¿Quieres hacer el favor de cerrar la boca un momento?
– ¿Qué ha pasado? -pregunta, súbitamente preocupado-. ¿Se trata de mamá?
Ésa es siempre su primera pregunta cuando me ve alterado… especialmente después de que los cobradores de morosos le diesen un buen susto el mes pasado.
