Bajando la barbilla, atisba por encima de sus gafas con su clásica montura de concha. Lleva esas gafas desde hace años, mucho antes de que se pusieran de moda. Lo mismo se puede aplicar a su camisa blanca y sus pantalones arrugados. Ambas son prendas poco elegantes que ha cogido de mi armario pero, de alguna manera, le quedan perfectas sobre su cuerpo delgado. Elegancia informal; nunca rebuscada.

»¡Mira quién viene a buscar diversión en los barrios bajos! -se burla-. Eh, ¿dónde está tu chapa «Ya no soy un proletario»?

Ignoro el golpe. Es algo a lo que he tenido que acostumbrarme en los últimos meses. Seis meses, para ser exacto -que es el tiempo que ha transcurrido desde que le conseguí el trabajo en el banco-. Charlie necesitaba el dinero y mamá y yo necesitábamos ayuda para pagar las facturas. Si se hubiese tratado solamente del gas, la electricidad y el alquiler, no hubiéramos tenido problemas. Pero nuestra factura en el hospital… por Charlie; eso siempre se lo ha tomado como algo personal. Es la única razón por la que aceptó el trabajo. Y aunque yo sé que lo considera sólo como una manera de contribuir a la economía familiar mientras escribe su música, no debe resultar fácil para él verme en los pisos de arriba, en una oficina privada con un escritorio de nogal y un sillón de cuero, mientras que él está aquí abajo con los cubículos y la formica beige.

– ¿Qué te ocurre? -pregunta mientras me froto los ojos-. ¿La luz de los fluorescentes te hace daño? Si quieres, puedo ir arriba y traer tu lámpara, o quizá debería bajar tu mini alfombra persa… sé de qué modo la alfombra industrial afecta tu…

– ¿Quieres hacer el favor de cerrar la boca un momento?

– ¿Qué ha pasado? -pregunta, súbitamente preocupado-. ¿Se trata de mamá?

Ésa es siempre su primera pregunta cuando me ve alterado… especialmente después de que los cobradores de morosos le diesen un buen susto el mes pasado.



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