Estoy tentado de pulsar el botón de pánico y llamar a Shep, que está a cargo de la seguridad del banco, pero… no… es un problema demasiado grave… sin las firmas adecuadas, jamás me lo permitiría. De modo que si no consigo encontrar a alguien que tenga autoridad en el departamento de transferencias, necesito al menos encontrar a alguien en la oficina trasera que pueda…

Ya lo tengo.

Mi hermano.

Con el auricular en una oreja y el móvil en la otra, cierro los ojos y escucho mientras suena su teléfono. Una vez… dos veces…

– Soy Charlie -contesta.

– ¿Aún estás aquí?

– No… me marché hace una hora -responde impasible-. Es una creación de tu imaginación.

Decido ignorar el chiste.

– ¿Aún sabes dónde guarda su nombre de usuario y su contraseña Mary de Contabilidad?

– Creo que sí… ¿Porqué?

– ¡No te muevas de ahí! Bajo en un minuto.

Mis dedos vuelan sobre el teclado del teléfono para conectar la línea con mi teléfono móvil… en caso de que alguien en el University Club responda a la llamada.

Salgo disparado de mi oficina, giro a la derecha y me dirijo directamente hacia el ascensor privado que hay al final del pasillo con paneles de caoba oscura. Me tiene sin cuidado que esté reservado sólo a los clientes. Introduzco el código de seis números de Lapidus en el teclado que hay encima de los botones de llamada y las puertas se abren. A Shep de Seguridad tampoco le gustaría nada esto.

En el instante en que entro en el ascensor, me giro y golpeo el botón de «Cerrar puerta». La semana pasada leí en un libro de negocios que los botones de «Cerrar puerta» de los ascensores están casi siempre desconectados; sólo están allí para que la gente con prisas piense que controla la situación. Enjugo el sudor que perla mi frente y me paso la mano por el pelo castaño oscuro. Luego pulso de nuevo el botón. Y vuelvo a pulsarlo. Es un viaje de tres pisos.


– Vaya, vaya, vaya -exclama Charlie, levantando la vista de una pila de papeles con su eterna sonrisa infantil.



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