
A partir de entonces fui el reumático más famoso y venerado de la Legión y mi nombre comenzó a traspasar las fronteras del frente de batalla. El hecho de que fuese el último en regresar y que siempre lo hiciese erguido, unido al del episodio del capitán, es cierto, fue suficiente hazaña como para conseguir con ella que nadie se acordase de que era también el último en avanzar; y así mi miedo me indujo al valor de forma tan temeraria como reconocida; que de tal modo se escribe la historia en tantas y tantas ocasiones.
Recordar esto, al tiempo que contemplaba a un mirlo dando saltos al otro lado de la ventana, fue uno de los primeros ejercicios de evocación que realicé en la Casa de la Santa. ¡Ah, qué tiempos los del Aaium! Pensar que, gracias a esta supuesta hazaña, conseguí reintegrarme a mi vida cotidiana no dejó de causarme estupor, en el momento de estar contemplando los desplazamientos del mirlo de pico tan de color naranja que resultaba insultante. Tan insultante al menos como la enfermedad extendiéndose por mi cuerpo en sentido inverso a mis deseos de vivir. Casi igual que en los tiempos del Aaium.
Capítulo segundo
Tanto si se trata de la abeja como de nosotros mismos, llamamos fatal a todo lo que aún no comprendemos.
Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Libro Segundo, Cap. VI.
Me quedé dormido sobre el sillón del cuarto de estar.
