Y debe de ser cosa propia de la vejez esta desazón que me consume o, lo que es peor, acaso sea, la desazón la vejez misma. Protestar por todo, maldecir de todo y todo criticarlo, encontrarlo ruin o excelso, paradigmático o sublime, según lo haya previamente encontrado quien conmigo esté y con tal de llevarle la contraria, no es, ni más, ni menos, que un signo de afirmación propio de la edad tardía. Tan sólo me consuela el pensar que, al ser, como soy, consciente de ello y al ser capaz, como igualmente soy, de reflexionar al respecto, aún tengo alguna esperanza de vida y todavía me puedo ir librando de la desintegración final, esa entelequia.

– Tiemblo, pero no de emoción…

Fue, mi exabrupto, una manera, supongo que tan válida como cualquier otra, de enviarles aviso de lo que allí me había llevado; de ser yo quien les dijera mis propias palabras; yo quien les impusiera mi propia visión de los hechos o mi concepto de las cosas; de encaminarlos yo mismo, hacia la aceptación de mi triste realidad de viejo, ya que no de anciano, puesto que eso es lo que realmente me siento -un nombre prematuramente avejentado- y que fue mi voluntad, y no mis sentimientos, la que hasta allí me había determinado a ir. Mi propia decisión la que me había inducido; no la edad de la vida, ni tampoco ninguna otra razón de la que debiera sentirme avergonzado. Y así debía ser.

No conocía la casa y no me podía emocionar. Tampoco me conocían ellos a mí y, la noticia de un viejo que sale en los periódicos y se va a vivir no sé a dónde, no es razón suficiente como para que los conmovidos fuesen ellos. Pero lo cierto es que aquella gente estaba llena de curiosidad hacia mí y eso lo entiendo. Lo que no soy capaz de comprender es de quién había partido la convocatoria, puesto que de mí no había sido; de mí no había surgido ni la más leve insinuación al respecto para que alguien saliese a recibirme.



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