Nada había dicho. Nada había deseado. Y entre toda aquella barahúnda de gente no conseguía identificar al matrimonio que había de atenderme. Sabía que se trataba de gente joven, pues así lo había indicado cuando me decidí al retiro. Incluso, entre bromas y veras, había sugerido que, de ser posible, se tratase de gente religiosa y bella; incluso de gente conservadora, es decir, de derechas; pues sabida es la resignada aceptación de la realidad que una religiosidad bien encauzada produce y, al mismo tiempo, se sabe, también, que la belleza ayuda a que la vida sea, al menos en un principio, más higiénica. ¿Qué decir del respeto a las indicaciones que, emanadas de la autoridad, la considerada gente de orden profesa? Pero no conseguía distinguirlos, a mis dos fámulos, y dilucidar a partir de su aspecto si mis indicaciones habían sido cumplidas.

– ¡Parkinson, Parkinson! ¡Baile de San Vito, carajo!

Y agité las manos delante de ellos, por si no me habían comprendido y para que viesen bien de qué iba la cosa. Se lo dije sonriendo, ése fue mi pecado. Siempre me perdió este afán mío de hacerme querer, de necesitar hacerme agradable y simpático. Así llegué a la casa, a lo que llaman la Casa de la Santa que es en realidad un conjunto de tres edificaciones, interrelacionadas entre sí por un jardín que ocupa el espacio que antes llenaba otra vivienda, de la que hoy sólo se conservan los muros por los que ascienden enredaderas diversas, hiedras, pasionarias, incluso una buganvilla y madreselvas, que no llegan, sin embargo, por muy tupidas que estén a cubrir los huecos de las ventanas por los que es fácil ver volar los pájaros, atravesándolos. Es un jardín hermoso y decadente.

Hubo quienes intentaron ayudarme a transportar las maletas y, si no lo impido a tiempo, lo hubiesen conseguido. Pero pronuncié un «No, gracias» lo suficientemente seco y sonoro como para disuadir de su empeño a los más decididos. Negativa que, de inmediato, suavicé con una sonrisa y la convincente expresión de que dentro habría quien podría hacerlo. Pero no había nadie. A pesar de ello reiteré mi negativa a ser ayudado. Quería valerme por mí mismo.



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