
– ¡Parkinson, Parkinson! ¡Baile de San Vito, carajo!
Y agité las manos delante de ellos, por si no me habían comprendido y para que viesen bien de qué iba la cosa. Se lo dije sonriendo, ése fue mi pecado. Siempre me perdió este afán mío de hacerme querer, de necesitar hacerme agradable y simpático. Así llegué a la casa, a lo que llaman la Casa de la Santa que es en realidad un conjunto de tres edificaciones, interrelacionadas entre sí por un jardín que ocupa el espacio que antes llenaba otra vivienda, de la que hoy sólo se conservan los muros por los que ascienden enredaderas diversas, hiedras, pasionarias, incluso una buganvilla y madreselvas, que no llegan, sin embargo, por muy tupidas que estén a cubrir los huecos de las ventanas por los que es fácil ver volar los pájaros, atravesándolos. Es un jardín hermoso y decadente.
Hubo quienes intentaron ayudarme a transportar las maletas y, si no lo impido a tiempo, lo hubiesen conseguido. Pero pronuncié un «No, gracias» lo suficientemente seco y sonoro como para disuadir de su empeño a los más decididos. Negativa que, de inmediato, suavicé con una sonrisa y la convincente expresión de que dentro habría quien podría hacerlo. Pero no había nadie. A pesar de ello reiteré mi negativa a ser ayudado. Quería valerme por mí mismo.
