
– ¿Podrá quedar todo en el coche? -pregunté.
Casi a coro me confirmaron que sí, que no habría problemas y que, si los hubiese, allí estarían ellos para solucionarlos. Di las gracias. Cogí, con mi mano más torpe, una maleta que venía en el asiento trasero del vehículo, cerré la puerta como pude, y me dirigí hacia la de la casa que abrí con el pulso inseguro, pero suficiente, que, al menos de momento, me proporciona el coger algo con fuerza. Entré. Aquélla era mi casa.
– Tiemblo…
Me reconocí a mí mismo e, incluso, en otro plano del pensamiento, añadí: («… de emoción»); pero no había nadie para llevarme la contraria.
Conocía el interior someramente, gracias a las fotografías que me habían sido enviadas e inducido a la compra, y lo fui identificando con idéntica sensación a la que se experimenta cuando regresas a un lugar del que faltas desde hace muchos años.
La buganvilla, aun sin estar florecida en aquellos días, llegaba, en cascada, al pequeño recinto de la entrada cayendo, desparramada, desde el tejado. Había llegado hasta allí ascendiendo desde el jardín, trepando por los muros de lo que había sido un edificio, y al hacerlo, se mezclaba, se mezcla, con un abutilón que tiene su pie en el propio recinto. Entre los dos cubren, para protegerlo, un banco de piedra en el que, es de suponer, los antiguos moradores de la vivienda, habrán consumido las horas crepusculares del verano, viendo volar las golondrinas en su vuelo más rasante y anunciador de un cambio de tiempo.
En el vestíbulo y nada más entrar, una hermosa talla barroca muestra una virgen, manca y policromada, que sonríe como pueda hacerlo cualquiera de las del pórtico de la catedral de Colonia; quién sabe si de las sabias, quién sabe si de las necias.
