Es sencilla esta primera planta del edificio principal. Si sigues de frente y dejas la estatua de la virgen a tu derecha, accedes a la cocina y, de ella, sales ya al jardín de la casa, el que tiene camelias y naranjos, un limonero y también un pozo. Desde él puedes ver la torre, barroca y hermosa, de la iglesia en la que, ahora, se custodia el cuerpo incorrupto de la Santa. Pero si, en vez de entrar en la cocina, te desplazas a tu izquierda, puedes entrar en un hermoso salón de estar, dueño de una enorme lareira que está ocupada por un grandísimo ramo de flores tropicales que alguien, posiblemente la hembra de mi matrimonio guardián, dispuso allí. El ramo se halla iluminado por unos focos que envían su luz desde el interior de la chimenea y el efecto es notable.

En una de las cuatro ventanas por las que penetra la luz en el interior del salón, en la que está justo al lado de la lareira, sobre lo que fue la pila de piedra del fregadero, un pequeño y frondoso bosque de helechos y de otras plantas consigue que los dos espacios existentes a ambos lados del cristal se confundan. Una mesa camilla, una torre de música y un tresillo de madera de caoba labrada a mano, completan la estancia en la que tendré que aprender, de una vez, a dejar transcurrir las tardes del invierno, mientras leo o mientras recuerdo, amodorrado, la historia de un tiempo que ya se fue. Mientras pienso la historia de este tiempo que se va.

¿Qué fue lo que me trajo hasta aquí, hasta esta soledad verde en la que ahora habito? Al principio fue una sensación de temblor generalizado, que se hacía más patente al llegar la noche; temblor que sólo yo sentía y que nadie era capaz de observar por mucho tiempo que, a instancias mías, permaneciese mirándome. «Cosas del genio», argüían resignándose a una contemplación a todas luces inútil; y yo me quedaba tranquilo, satisfecho en mi vanidad, reposado en mi hipocondría. «Neuras de artista», sentenciaban, y, en tan estúpidas conclusiones, descansaba mi espíritu abatido y semiconsciente de que algo se avecinaba sin que yo pudiese alcanzar a saber su procedencia y a sospechar su magnitud. Eso fue todo durante meses.



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