
A la vuelta de los años el reuma volvía a habitarme. Parecía una devolución de la jugada: si durante algún tiempo de mi vida, yo había fingido casi exactamente el mismo mal, para ocultar aquello que prefería velado, éste, ahora, fingía, a través de las palabras del doctor De Cesare, una existencia que era falsa, para enmascararme la realidad del mal de Parkinson y permitirme una prolongación, no sé si del sufrimiento o de la dicha. Y es que el miedo todo lo envuelve.
Les conté cómo mi primera gran crisis -antes había tenido otras, pero fácilmente dominables, es decir, de pequeña entidad- me había llevado a cumplir el servicio militar y a hacerlo en la Legión Extranjera, en los prolegómenos del conflicto de Sidi-Ifni, permaneciendo en el Tercio que se acuartelaba en El Aaium. No fui ni el primero ni el último, de los de mi estado, en hacer tal cosa. ¡Dios, qué tiempo! Cuando empecé a sentir silbar las balas en torno a mi cabeza, quedé clavado a la tierra con decisión tal que ni las más fuertes amenazas consiguieron que me incorporase. No sollocé. Tampoco dejé traslucir el pavor que me tullía, sino que con total impasividad, cuando vi que todo peligro había desaparecido, me levanté de forma lenta y trabajosa y, al serme requerida una explicación acerca de mi actitud, repliqué que padecía de reumatismo muscular en forma tal que no era prácticamente capaz de moverme.
Aún no me explico cómo, pero mi argumentación fue aceptada y me vi atado a ella como a un suplicio que llegué a suponer de peor entidad que el de Tántalo. Cuando todos avanzaban, a través de aquellos interminables y pedregosos desiertos, o lo hacían por las dunas que, iguales, se sucedían unas a otras, yo debía permanecer rezagado, caminando con la dificultad propia del reumático, en el que, voluntariamente, me había convertido, mientras gritaba «¡Esperad por mí!» y blasfemaba, al ver que no lo hacían, con potencia de voz lo suficientemente alta como para ser oído por ellos.
