
Cuando empezaron a sonar los tiros en ambas direcciones, mis compañeros regresaban corriendo con más velocidad de lo que yo hubiese deseado. No estaba en relación la velocidad que llevaban a la ida con la que traían a la vuelta y yo, en cambio, tenía que mantener el mismo ritmo de marcha durante todo el tiempo: Si para acudir al frente, tenía que demostrar que corría todo cuanto mi enfermedad me permitía, al regresar a la base no podía hacerlo con mayor afán, sino más bien con menos, pues sería fácil colegir que me hallase mucho más cansado que a la ida. Así empecé a ser el último en reintegrarme al campamento. Y así llegó la ocasión en la que, mientras regresaba cansinamente al campamento, pude oír suspirar de forma lastimera y entrecortada la expresión "¡Dios mío, Dios mío!" y, a continuación, de modo ya más enérgico una rotunda blasfemia que incluía al anteriormente aludido; blasfemia que me permitió saber que se trataba de alguien que, al menos por un instante, merecía que yo levantase mi cabeza, hasta entonces decididamente pegada al suelo.
Comprobé aterrorizado que quien tan lastimeramente se quejaba, era el capitán de la compañía y, al ver que me observaba, sintiéndome obligado, me incorporé y, sin encomendarme, ni a Dios ni al diablo, empecé a pegar tiros, los primeros de mi vida en el frente de batalla, con una vehemencia propia de neófito y una abundancia semejante a la que, un judío converso, pone en ejecución a la hora de afirmar las razones de su nueva verdad asimilada, y de forma tal que, por un momento, se hizo el silencio alrededor del ruido que brotaba de mi fusil ametrallador.
