
Le dirigí una sonrisa.
– ¿Cuándo me has visto a mí borracho?
– Nunca. Y nunca te he visto haciendo otra cosa que no sea beber.
– Es un agradable punto medio.
– No puede ser bueno para ti, ¿o sí?
Deseé que me tocara de nuevo la mano. Sus dedos eran largos y finos, y su tacto, muy frío.
– Nada es demasiado bueno para nadie -dije.
– El café y la bebida. Es una combinación muy extraña.
– ¿Lo es?
– La bebida para emborracharte y el café para mantenerte sobrio.
Sacudí la cabeza.
– El café nunca ha despejado a nadie. Simplemente te mantiene despierto. Dale a alguien un café bien cargado de alcohol y tendrás un borracho bien despierto a tu merced.
– ¿Eso es lo que eres, cariño? ¿Un borracho bien despierto?
– No soy ninguna de las dos cosas -le dije-. Eso es lo que hace que siga bebiendo.
Llegué a la caja de ahorros un poco más tarde de las cuatro. Metí quinientos en mi cuenta y me llevé el resto del dinero de Hanniford en efectivo. Era mi primera visita desde principios de año, por lo que añadieron algunos intereses a mi libreta de ahorros. Una máquina lo calculó todo en un abrir y cerrar de ojos. La suma apenas era lo bastante grande para que mereciera la pena perder el tiempo de la máquina en ello. Volví caminando por la calle Cincuenta y Siete hasta la Novena, y después me dirigí hacia las afueras dejando atrás Armstrong's y el hospital hasta llegar a St. Paul's. La misa estaba acabando y esperé fuera a que un par de docenas de personas salieran de la iglesia. Principalmente eran mujeres de mediana edad. Después entré e introduje cuatro billetes de cincuenta dólares en el cepillo de las limosnas.
Una décima parte. No sé por qué. Se había convertido en una costumbre. En realidad se había convertido en mi costumbre al visitar las iglesias. Empecé a hacerlo poco después de trasladarme a mi habitación de hotel.
