– ¿Demasiada corrupción en el departamento o algo parecido?

– No, no. -La corrupción nunca me había molestado. Me habría resultado difícil sostener a una familia sin eso-. No, fue otra cosa.

– Entiendo.

– ¿En serio? Bueno, no es ningún secreto. Una noche de verano en que me encontraba fuera de servicio en un bar de los alrededores de Washington donde los polis no tienen que pagar las copas, dos chavales entraron a atracar. Al salir le pegaron un tiro al camarero en el corazón. Los cogí en la calle. Maté a uno de ellos de un disparo y al otro le di en el muslo. Nunca volvió a caminar recto.

– Entiendo.

– No, no lo creo. No era la primera vez que mataba a alguien. Estaba contento de haber acabado con uno de ellos y sentí la recuperación del otro.

– Entonces…

– Un disparo se desvió y rebotó. Le dio a una niña de 7 años en el ojo. El rebote le quitó a la bala gran parte de la fuerza que llevaba. Unos centímetros más arriba y probablemente le habría dado en la frente; le habría dejado una fea cicatriz, pero nada más. Sin embargo, de aquella manera solo había un tejido suave entre medias y la bala fue directamente a su cerebro. Me dijeron que murió al instante. -Me miré las manos. El temblor apenas era visible. Cogí la taza de café y di un sorbo-. No se me consideró culpable. De hecho, obtuve un elogio del departamento. Y a continuación dimití. Ya no quería seguir siendo poli.


Me quedé allí sentado unos minutos cuando se fue. Después hice una seña a Trina y me trajo otra taza de café con licor.

– Tu amigo no es un gran bebedor -dijo. Le confirmé que no lo era. Algo en mi tono debió de alertarla porque se sentó en la silla de Hanniford y puso su mano sobre la mía por un momento-. ¿Problemas, Matt?

– En realidad no. Tengo cosas que hacer y preferiría no hacerlas.

– Preferirías quedarte aquí sentado y emborracharte.



9 из 136