Me gustan las iglesias. Me gusta sentarme en ellas cuando tengo cosas en que pensar. Me senté aproximadamente en el centro, junto al pasillo. Creo que estuve allí unos veinte minutos, puede que incluso un poco más.

Dos mil dólares para mí, procedentes de Cale Hanniford; doscientos dólares para el cepillo de St. Paul's de mi parte. No sé qué hacen con ese dinero. Es posible que compren comida y ropa para las familias pobres. Puede que compren Lincolns para el clero. En realidad no me preocupa lo que hagan con ello.

Los católicos reciben más dinero mío que nadie. No es que sienta debilidad por ellos, sino que ellos le echan más horas. La mayoría de los protestantes cierra el chiringuito durante la semana.

Pero una buena cosa a favor de los católicos es que puedes encender velas. Encendí tres de camino a la salida. Por Wendy Hanniford, que nunca llegaría a cumplir los 25 años, por Richard Vanderpoel, que nunca llegaría a los 21. Y, naturalmente, por Estrellita Rivera, que nunca llegaría a los 8.

2

El distrito 6 de la policía está en la calle Décima Oeste. Eddie Koehler estaba en su oficina leyendo informes cuando llegué. No pareció sorprendido al verme. Dejó a un lado unos documentos y me indicó con la cabeza una silla que había junto a su mesa. Me acomodé en ella y le tendí la mano por encima de la mesa. Dos de diez y uno de cinco pasaron discretamente de mi mano a la suya.

– Parece que necesitas un nuevo sombrero -le dije.

– De hecho lo necesito. Si hay algo que seguro que siempre necesito es otro sombrero. ¿Qué te pareció Hanniford?

– Un pobre capullo.

– Sí, eso mismo. Todo ha sucedido tan rápido que lo ha dejado perplejo. Eso es lo que le ha pasado, ya sabes. El factor tiempo. Supongo que si nos hubiera llevado una semana o un mes dar con el asesino, o si se hubiera producido un juicio que se hubiera alargado durante un año más o menos, le habría venido bien.



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