
Volví a ponerlo todo en orden y coloqué en su sitio el sobre manila al tiempo que volvía a aparecer Koehler. Estaba fumándose otro puro. Salí de detrás de su mesa y me preguntó si estaba satisfecho.
– Todavía me gustaría hablar con Pankow.
– Ya lo he arreglado. Supuse que eras demasiado terco como para cambiar de idea. ¿Has encontrado alguna maldita cosa en todo ese desorden?
– ¿Cómo puedo saberlo? Ni siquiera sé qué es lo que estoy buscando. Tengo entendido que se prostituía. ¿Hay alguna prueba de eso?
– Nada en concreto. Pero si lo miras bien, resulta evidente. Un buen armario, doscientos pavos en el bolso, ningún medio visible de sustento. ¿Qué más podemos añadir?
– ¿Por qué estaba viviendo con Vanderpoel?
– Tenía una lengua de treinta centímetros.
– En serio. ¿Era su chulo?
– Es posible.
– Pero no tienes ficha de ninguno de los dos.
– No. No los arrestaron nunca. Para nosotros no existían oficialmente hasta que él decidió acuchillarla.
Cerré los ojos durante un minuto. Koehler pronunció mi nombre. Alcé la vista y dije:
– Me ha venido un pensamiento. Algo que has dicho antes sobre el momento de poner al corriente a Hanniford. Además, en cierto sentido es verdad lo que mencionaste. Si hubiera sido asesinada por una persona o personas desconocidas, habrías sometido los dos últimos años de su vida a un examen minucioso, los habrías pasado por un microscopio. Pero el caso se cerró antes de abrirlo y ahora ya no es tu trabajo hacer eso.
– Exacto. En cambio es el tuyo.
– Ajá. ¿Con qué la mató?
– El doctor dice que con una cuchilla. -Se encogió de hombros-. Una suposición tan buena como cualquier otra.
– ¿Y qué ha pasado con el arma homicida?
– Sí, ya me suponía que no se te escaparía. No la encontramos. Cualquiera sabe. Había una ventana abierta, pudo haberla lanzado por allí.
– ¿Qué había en el exterior de la ventana?
