Asentí y dije:

– Me pregunto por qué lo hizo.

– Porque estaba como una puta cabra, por eso lo hizo. Recorrió la calle de arriba abajo, cubierto de sangre, gritando barbaridades y enseñándole la polla a todo el mundo. Pregúntale por qué lo hizo, no lo sabría ni él.

– Qué mundo.

– Dios, no me hagas empezar con eso. Ese vecindario está cada vez peor. No me hagas empezar. -Me hizo una seña con la cabeza, salimos juntos de la oficina y atravesamos la comisaría. Los hombres, de paisano y de uniforme, estaban sentados ante sus máquinas de escribir, tecleando historias sobre supuestos sinvergüenzas y presuntos culpables. Una mujer que estaba prestando testimonio en español a un oficial uniformado hacía pausas de vez en cuando para llorar. Me pregunto qué habría hecho o qué le habrían hecho.

En la comisaría no vi a nadie conocido.

Koehler dijo:

– ¿Has oído lo de Barney Segal? Lo han ascendido. Ahora es el jefe del distrito 17.

– Sí, es un buen hombre.

– Uno de los mejores. ¿Cuánto hace que te saliste del cuerpo, Matt?

– Un par de años, creo.

– Sí. ¿Cómo están Anita y los chicos? ¿Están bien?

– Sí.

– Mantienes el contacto, entonces.

– De vez en cuando.

Cuando llegamos a la recepción, se paró y se aclaró la garganta.

– ¿Has pensando alguna vez en volver a ponerte la placa, Matt?

– Ni hablar, Eddie.

– Es una puñetera lástima, lo sabes, ¿no?

– Tú haz lo que tengas que hacer.

– Sí. -Se estiró y volvió al asunto-. He acordado con Pankow que se encontrará contigo esta noche alrededor de Lis nueve. Estará en un bar llamado Johnny Joyce's. Es en la Segunda Avenida, he olvidado la calle que cruza.

– Conozco el sitio.

– Allí lo conocen, pregunta al camarero y te indicará quién es. Esta noche libra, así que le he dicho que valorarías su tiempo.

Y seguro que también le has dicho que una parte era para ti.



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