– ¿Matt? -Me volví-. ¿De todos modos, qué vas a preguntarle?

– Quiero saber qué tipo de lenguaje obsceno estaba empleando Vanderpoel.

– ¿En serio? -Asentí-. Creo que estás tan loco como Vanderpoel -me dijo-. Por el precio de un sombrero puedes escuchar todas las guarrerías que quieras.

3

La calle Bethune discurre hacia el oeste desde Hudson hasta llegar al río. Es un área estrecha y residencial. Se habían plantado recientemente algunos árboles. Sus bases estaban protegidas por pequeñas cercas de estacas, de las que colgaban unos letreros en los que se pedía a los propietarios de los perros que no dieran rienda suelta a los instintos naturales de sus mascotas. «Queremos a nuestro árbol, / Por favor, controla a tu perro». El número 194 era un edificio de piedra caliza de color rojizo con una puerta de entrada del color del astroturf. Había cinco apartamentos, uno por cada piso. En el sexto timbre del portal ponía «Conserjería». Llamé y esperé.

La mujer que abrió la puerta tenía alrededor de treinta y cinco años. Llevaba una camisa blanca de hombre con los dos botones de arriba desabrochados y unos vaqueros manchados y desteñidos. Tenía la constitución de una boca de incendios. Llevaba el pelo corto y parecía que se lo había cortado al azar con un par de tijeras de podar. Sin embargo, el efecto no era desagradable. Se asomó a la puerta, me miró y en cinco segundos llegó a la conclusión de que yo era un poli. Le dije mi nombre y me enteré de que el suyo era Elizabeth Antonelli. Le dije que quería hablar con ella.

– ¿Sobre qué?

– Sus inquilinos del tercer piso.

– Mierda. Pensé que ya habíamos acabado con eso. Todavía estoy esperando a que sus hombres abran la puerta y se lleven sus trastos. El propietario quiere que le muestre el apartamento y ni siquiera puedo entrar en él.



19 из 136