
– ¿Cómo lo sabe?
– Instinto, me imagino. He pasado muchos años observando a la gente mientras decide cuánto va a acercarse a la verdad. No tiene que decirme nada si no quiere, pero…
– Bah, es irrelevante, Scudder. Lo he omitido porque no pensaba que viniera al caso, pero… Bueno, al infierno con ello. Wendy no es mi hija biológica.
– ¿Era adoptada?
– Yo la adopté. Mi mujer sí es su madre. El padre de Wendy fue asesinado antes de que ella naciera. Era un marine y murió en el desembarco de Inchon. -Apartó la mirada de nuevo-. Me casé con la madre de Wendy tres años más tarde. Desde el principio la quise como si fuera su verdadero padre. Cuando descubrí que yo era… incapaz de tener hijos, me sentí incluso más agradecido por su existencia. ¿Y bien? ¿Es importante?
– No sé -dije-. Probablemente no. -Pero por supuesto que lo era. Revelaba algo más sobre la carga de culpa que Hanniford llevaba encima.
– Scudder, usted no está casado, ¿verdad?
– Divorciado.
– ¿Algún hijo?
Asentí. Se disponía a decir algo, pero no lo hizo. Empecé a desear que lo dejara.
Dijo:
– Debe de haber sido un policía muy bueno.
– No era malo. Tenía instinto de poli y aprendí a moverme. Eso es al menos el noventa por ciento del secreto del éxito.
– ¿Cuánto tiempo estuvo en el cuerpo?
– Quince años. Casi dieciséis.
– ¿No tendría derecho a una pensión o algo si hubiera estado veinte?
– Así es.
No me preguntó nada más, lo que, curiosamente, resultó más molesto que si lo hubiera hecho.
Dije:
– Perdí la fe.
– ¿Igual que un sacerdote?
– Algo parecido. No exactamente lo mismo, ya que no es extraño que un poli pierda la fe y continúe siendo poli. Incluso puede que nunca la haya tenido. Lo que pasa es que, en mi caso, se sumó a que descubrí que ya no quería seguir siendo poli. -Ni marido ni padre. Ni miembro productivo de la sociedad.
