Ni siquiera tenía ganas de revelar su descubrimiento a aquel tipo, y eso que le resultaba muy fácil. El tipo podía guardarse su muslo de Miguel Ángel, si tal era su deseo, a él le resultaba completamente indiferente.

– Después de todo -continuó-, puede provenir perfectamente de cualquier pequeña colección italiana. ¿Qué aspecto tenían los dos hombres que se lo ofrecieron?

– No tenían ningún aspecto en concreto. Me dijeron que se lo habían comprado a un particular en Turín.

Valhubert no respondió.

– Entonces, ¿qué hago? -preguntó el hombre.

– Ya se lo he dicho, ¡cómprelo! Está tirado. Y sea amable. Hágame llegar un cliché y avíseme si encuentra otros. Nunca se sabe.

En cuanto estuvo solo, Henri Valhubert abrió de par en par la ventana de su despacho con la intención de aspirar el aire de la calle de Seine y ahuyentar aquel olor a papel viejo y a la Vaticana. Laura debía de estar llegando en estos momentos a la estación de Roma. Y ese joven majara de Tiberio estaría probablemente esperándola para llevarle las maletas. Como siempre.

III

El Palatino acababa de entrar en la estación. Los viajeros descendían blandamente. Tiberio señaló de lejos a Laura, para que Nerón la viese.

– Tiberio… -dijo Laura-. ¿Cómo no estás trabajando? ¿Llevas mucho tiempo aquí?

– Languidezco aquí desde las primeras luces. Cuando tú dormías en la frontera, yo ya estaba aquí. En aquel rincón. ¿Cómo estás? ¿Has podido dormir en la litera? Dame tu bolsa.

– No estoy cansada -dijo Laura.

– Claro que lo estás. Sabes perfectamente que el tren cansa. Mira, Laura, te presento a nuestro amigo Nerón, la tercera punta satánica del triángulo demoníaco que baña la ciudad de Roma de sangre y fuego… Lucius Domitius Nero Claudius, sexto César… ¡Avanza Nerón! Mucho cuidado con él, Laura… Está completa y rematadamente loco. Es el loco más completo que Roma haya jamás acogido entre sus muros desde hace mucho tiempo… Pero Roma aún no lo sabe. Ése es el inconveniente.



4 из 146