– ¿Tú eres Nerón? Claudio lleva años hablándome de ti -dijo Laura.

– Buena cosa -dijo Nerón-. Soy un tema inagotable.

– Es sobre todo un individuo pésimo -dijo Tiberio-. Inteligencia eruptiva y nefasta para el futuro de las naciones. Pero ¡dame esa bolsa, Laura! No quiero que lleves ninguna bolsa. Pesa y además hace feo.

Nerón caminaba al lado de ambos. Tiberio había descrito mal a aquella mujer, con palabras ambiciosas que quieren decir mucho y no dicen nada. Nerón lanzaba rápidas miradas de soslayo, manteniendo la distancia, con una deferencia respetuosa nada habitual en él. Laura era bastante alta y andaba con una especie de desequilibrio imperceptible. ¿Por qué Tiberio le había expuesto tan mal todo aquello del perfil? Había hablado de un perfil curvo, de labios un poco desdeñosos, de cabellos negros cortados sobre los hombros.

Pero no había explicado hasta qué punto el conjunto resultaba sorprendente a la vista. En este momento, ella escuchaba a Tiberio, mordiéndose un labio. Nerón absorbía con avidez la entonación de su voz.

– ¡Pues no, guapo, no llevo nada de comer! -decía Laura, mientras caminaba con rapidez, cruzando los brazos sobre su vientre.

– ¿Y qué va a ser de mí?

– Cómprate algo de camino. Tienes que alimentarte. ¿Claudio trabaja de nuevo? ¿Se concentra?

– Por supuesto, Laura. Claudio trabaja mucho.

– Me mientes, Tiberio. Duerme de día y corretea de noche. Mi pequeño Claudio no hace más que tonterías. Dime, Tiberio, ¿por qué no ha venido?

Espantó sus palabras de un manotazo.

– Es por Livia -dijo Tiberio-, ¿no has oído nada del último descubrimiento de tu querido Claudio?

– La última vez sólo mencionó a una tal Pierra.

– ¡Oh, no! Lo de Pierra data de hace al menos veinte días, es una historia antigua, antediluviana. No, yo hablo de la maravillosa Livia, ¿no te dice nada?



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