– No. Creo que no. Veo tantas, ya sabes.

– Muy bien, te la enseñaré esta semana. Siempre que la constancia de Claudio resista hasta entonces.

– Esta vez no me quedo, guapo. Me vuelvo a París mañana por la noche.

Tiberio se detuvo bruscamente.

– ¿Te vas tan pronto? ¿Nos dejas?

– Sí -dijo Laura sonriendo-. Volveré dentro de un mes y medio.

– ¿Pero acaso no te das cuenta, Laura? ¿No sabes que Claudio y yo, desde que estamos exiliados aquí en Roma, todos los días, me oyes, todos los días lloramos un poquito por tu culpa? Un poquito antes de almorzar y un poquito antes de cenar. Y tú ¿qué haces? ¡Nos dejas durante un mes y medio! ¿Acaso crees que las Pierras y las Livias van a poder animarnos?

– Sí, lo creo -dijo Laura con la misma sonrisa.

Nerón apreció aquella sonrisa.

– Pero yo soy un ángel -dijo Tiberio.

– Claro que sí, guapo. Ahora vete, voy a coger un taxi.

– ¿No podemos acompañarte y tomar contigo una copa en el hotel?

– Prefiero que no. Tengo que ver a un montón de gente.

– Bueno. Cuando veas a Henri, abrázalo de mi parte y de parte de Claudio. Dile que tengo la foto que me ha pedido para su libro. Entonces… ¿te devuelvo la bolsa? ¿Acabas de llegar y ya nos dejas?, ¿y no vuelves hasta dentro de un mes?

Laura se encogió de hombros.

– Vale -respondió él-. Me zambulliré en el estudio. ¿Y tú, Nerón?

– Me ahogaré en la sangre de la familia -dijo Nerón sonriendo.

– Se refiere a la familia imperial -susurró Tiberio-. Los Julio-Claudios. Es una manía que tiene. Muy grave. Nerón el Parricida fue el criminal más peligroso de todos. Prendió fuego a Roma.

– No existen pruebas -dijo Nerón.

– Lo sé -dijo Laura-. Y se hizo dar muerte diciendo: «¡Qué artista muere conmigo!». O algo así.

Tiberio le tendió la mejilla a Laura y Laura le dio un beso. Nerón le estrechó la mano.



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