Sobre la acera, los dos chicos la miraron mientras se alejaba de espaldas, a grandes zancadas, arropándose con su abrigo negro, los hombros un poco arqueados como si tuviese frío. Se volvió para hacerles una seña. Nerón entornó los ojos. Nerón era miope: se estiraba con los dedos las comisuras de sus ojos verdes para «ver claro» porque se negaba por completo a llevar gafas. Un emperador romano no puede permitirse el llevar gafas, explicaba. Sobre todo si tiene los ojos verdes, que son muy delicados. Resultaría indecente y grotesco. Nerón se había hecho cortar el pelo a la antigua, corto, dejando sobre la frente algunos bucles rubios y regulares que aplastaba cada mañana con gomina.

Tiberio lo sacudió suavemente.

– Puedes dejar de estirarte los ojos -dijo-. Ha doblado la manzana. Ya no se la ve.

– No sabes describir a las mujeres -suspiró Nerón-. Ni a los hombres.

– Cierra la boca -dijo Tiberio-. Venga, vamos a tomar un café.

Tiberio se sintió aliviado. Le hubiese horrorizado que su querido Nerón no apreciase a Laura. Por supuesto confiaba en las fascinaciones extremadas de su amigo, pero, aun así, siempre se corre un riesgo. Por ejemplo, hubiese podido mostrarse simplemente tibio. Hubiese podido no entender nada y decir, sí, que era bastante guapa, pero que ya no era joven y que se le podían reprochar algunos pequeños detalles, que todo aquello distaba de ser perfecto o algo así. Por esa razón, Tiberio y Claudio habían titubeado largamente antes de enseñarle a Laura. Pero Nerón sabía reconocer todo lo que valía la pena en este mundo.

– No, no sabes describir a las mujeres -repitió Nerón revolviendo su café.

– Bébete el café. Me pones nervioso cuando lo revuelves de esa forma.

– Claro, tú estás acostumbrado. La conoces desde que eres un niño.

– Desde los trece años. Pero uno no se acostumbra nunca.

– ¿Cómo era antes? ¿Más guapa?

– Yo creo que menos. Tiene un tipo de rostro al que le va bien la fatiga.



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