– ¿Y dijiste que era italiana?

– No por completo, su padre es francés. Nació en Italia y aquí ha pasado toda su juventud, una juventud más bien alocada, creo. Casi no habla sobre ello. Sus padres estaban francamente en la miseria. Debió de ser el tipo de chica que corretea descalza por las calles de Roma.

– Me lo imagino -dijo Nerón soñador.

– Se encontró con Henri Valhubert en Roma, cuando él vino a estudiar a la escuela francesa. Era muy rico, viudo, con un niño pequeño, pero no era guapo. No, Henri no es guapo. Ella se casó con él y se fue a vivir a París. Es inexplicable. Hace ahora casi veinte años. Ella viene a Roma con frecuencia para ver a su familia, para ver a gente. A veces se queda un día, a veces algo más. Es difícil tenerla para uno mucho tiempo de una sola vez.

– ¿No me habías dicho que te gustaba Henri Valhubert?

– Claro. Es la costumbre. Siempre ha sido despiadado con Claudio. Anotábamos en un cuaderno sus accesos de ternura, porque a veces tenía alguno por las mañanas. Laura nos daba dinero a sus espaldas y mentía por nosotros, porque Henri Valhubert era contrario a todo tipo de locura. Trabajo y sufrimiento. ¿Resultado? Claudio no hace nada y eso pone a su padre furibundo. No es un hombre fácil. Creo que Laura le tiene miedo. Una noche, Claudio se quedó dormido sobre su cama y yo atravesé el gran despacho para volver a casa. Vi a Laura llorando en un sillón. Era la primera vez que la veía llorar y me quedé petrificado, tenía quince años, entiéndeme. Al mismo tiempo, era un espectáculo excepcional. Se sujetaba el pelo negro con el puño y lloraba sin hacer ruido. Con el arco de la nariz tenso, divino. Es lo más bello que he visto en toda mi existencia.

Tiberio frunció el entrecejo.

– Fue mi primer paso hacia el conocimiento -añadió-. Antes era imbécil.

– ¿Por qué lloraba?

– Nunca lo supe. Y Claudio tampoco.



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