
IV
Claudio golpeó apresuradamente la puerta de la habitación de Tiberio y entró sin esperar respuesta.
– Me molestas -dijo Tiberio sin volverse de su mesa.
– Supongo que trabajas.
Tiberio no respondió y Claudio emitió un suspiro
– ¿De qué te sirve?
– Lárgate, Claudio. Nos vemos en la cena.
– Dime, Tiberio, cuando viste a Laura hace dos semanas, cuando fuiste a buscarla a la estación, ¿hablasteis de mí?
– Sí. Bueno, no. Hablamos de Livia. No nos vimos mucho tiempo, ¿sabes?
– ¿Y por qué de Livia? Por si no lo sabes la dejé hace dos días.
– Eres agotador. Y esta vez, ¿qué le pasaba a esta chica?
– Se estaba apresurando.
– Cuando están enamoradas, tienes miedo, cuando no lo están te ofendes y cuando lo están modestamente, te aburres. ¿Qué buscas exactamente?
– Dime, Tiberio, ¿es que has hablado de mí con Laura? ¿O de mi padre?
– Ni siquiera mencionamos a Henri.
– ¡Vuélvete cuando me hables! -gritó Claudio-. ¡Ni siquiera puedo ver si mientes!
– Me agotas, amigo -dijo Tiberio obedeciéndole-. No me gusta nada cuando te pones así, tan agitado. ¿Qué es lo que pasa ahora?
Claudio apretó los labios. Siempre había sido así. Tiberio conseguía exasperarlo. Desde que se conocieron hace catorce años y fueron al colegio juntos y después al instituto y luego a la universidad, nada había cambiado. Más bien había empeorado. A medida que Tiberio crecía ante sus ojos, adquiría más encanto y más fuerza. A veces resultaba fastidioso. Un día, de todas formas, la edad acabaría con el rostro anguloso de Tiberio, acabaría con sus pestañas negras de prostituta y deformaría su cuerpo. Cuando llegase ese momento, veríamos si Tiberio seguía siendo el hombre noble, el trabajador infatigable y rápido, el tierno protector de su amigo Claudio. Ya veríamos. Hasta entonces, aún faltaba tiempo. Claudio se separó de la ventana donde se veía su reflejo.
