Yo me levanté también y, a pesar de mis precauciones, me fui de cabeza contra la pared.

—¡Estamos apañados!

Aquello fue un concierto de exclamaciones de sorpresa. Durante unos instantes, revoloteamos por la sala como polvo barrido por el viento. Todos percibimos la misma sensación angustiosa, un vacío interior, un vértigo, la pérdida casi total del sentido del equilibrio. Agarrándome a los muebles, llegué hasta la ventana. ¡Parecía una pesadilla!

Las estrellas bailaban una zarabanda desenfrenada, como cuando se reflejan sobre una agitada ola. Palpitaban, se agigantaban, se apagaban, reaparecían, se deslizaban de un lugar para otro.

—¡Mirad! — grité.

— Es el fin del mundo — gimió Massacre.

— Realmente parece el fin — me susurró Miguel. Y noté cómo sus dedos se incrustaban en mi espalda.

Bajé los ojos, fatigados por el baile estelar.

—¡Las montañas!

¡Las cimas de las montañas desaparecían! Las más próximas estaban aún intactas, pero las del fondo a la izquierda habían sido cortadas limpiamente, como el tajo de un cuchillo en el queso. ¡Y aquello se precipitaba sobre nosotros!

—¡Mi hermana! — gritó Miguel con una voz ronca, y se abalanzó hacia la puerta.

Le vi trepar torpemente, a grandes zancadas de más de diez metros cada una, por el sendero del observatorio. Con el cerebro vacío, más allá del mismo miedo, yo registraba el progreso del fenómeno. Era como una gran navaja que se nos echaba encima, una navaja invisible, debajo de la cual todo desaparecía. ¡Aquello duró, quizás, veinte segundos! Oía las exclamaciones apagadas de mis compañeros. Vi a Miguel arrojarse dentro del Observatorio. ¡De repente, éste desapareció! Tuve tiempo justo para ver cómo unos centenares de metros más abajo, la montaña cortada a pico mostraba sus estratos como en un diagrama geológico, iluminada por una extraña y lívida luz, una luz de Otro Mundo. Instantes después, con un ruido ensordecedor, el cataclismo nos alcanzó.



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