
Mi primer pensamiento fue para mi hermano. Yacía, la espalda contra el suelo, a pocos metros. Me acerqué, admirado de gravitar de nuevo. Pablo tenía los ojos cerrados, y su pantorrilla derecha, lastimada por un residuo de vidrio, sangraba. Cuando le vendaba con el pañuelo, tornó en sí.
—¿Aún estamos vivos?
— Sí; estás herido, pero sin gravedad. Voy a ver a los demás.
Se enderezó:
—¡Vamos!
Vandal se incorporaba. Massacre tan sólo tenía los ojos algo descalabrados. Se dirigió hacia Pablo, para examinarlo.
— No es nada. El vendaje es casi inútil, porque no hay ninguna gran arteria afectada.
Breffort había sido alcanzado de más gravedad. Tenía una amplia brecha en la cabeza y estaba inconsciente.
— Precisa con urgencia una cura — dijo el cirujano—. Tengo todo lo necesario en casa de vuestro tío.
Observé la casa. Había resistido bastante bien. Faltaba una parte del techo, habían reventado postigos y ventanas, pero el resto parecía intacto. Entramos, llevando a Breffort y a mi hermano. En el interior, los muebles tumbados vomitaban su contenido sobre el suelo. A duras penas, enderezamos la mesa grande para colocar a Breffort. Vandal ayudó a Massacre.
