
Entonces me di cuenta que hasta aquel momento no me había preocupado de mi tío. La puerta del observatorio estaba abierta, pero nadie se movía.
— Voy a ver — dije, y me marché cojeando. Al dar la vuelta a la casa, apareció el jardinero, el viejo Anselmo, a quien habíamos totalmente olvidado. La cara le sangraba en abundancia. Le mandé a que le curaran. Subí la escalera del Observatorio. La cúpula estaba desierta, y el gran telescopio abandonado. En el despacho, Menard reajustaba, con aire sorprendido, sus lentes.
—¿Dónde está mi tío? — le pregunté.
Mientras frotaba sus cristales con un pañuelo, me contestó:
— Cuando aquello ocurrió, quisieron salir y no sé dónde están.
Me abalancé hacia fuera, llamando:
—¡Tío! ¡Miguel! ¡Martina!
Un «¡Hola!» me respondió. Detrás de unas rocas hundidas encontré a mi tío sentado, apoyado en un bloque.
— Se ha torcido un tobillo — aclaró Martina.
—¿Y Miguel?
A pesar de las circunstancias, estuve admirando la forma de su hombro, bajo la ropa destrozada.
— Ha ido a buscar agua a la fuente.
— Y bien, tío, ¿cómo se explica usted todo esto?
—¿Qué quieres que te diga? No sé ni una palabra. ¿Cómo están los demás?
Le puse al corriente.
— Va a ser necesario bajar al pueblo, para ver lo que ocurrió allí —observó.
— Por desgracia, el sol se pone.
—¿Se pone? Precisamente se está levantando.
— Se pone, tío. Hace un momento estaba más alto.
—¡Ah! ¿Estás hablando de este miserable lumiñón de cuero? Mira detrás tuyo.
Me volví y pude contemplar un radiante sol azulado detrás de las montañas segmentadas. Era preciso rendirse a la evidencia: estábamos en un mundo que poseía dos soles.
Mi reloj marcaba 0 h. 10 m.
