Pero para entonces estaba tan tensa, por el engaño que por amor y lealtad se veía forzada a realizar que no vio los imponentes edificios que dejaba atrás, conduciendo rumbo al valle donde terminaba el pueblo y empezaba una carretera a través de los bosques.

Era en el área boscosa donde se dividía la carretera en una muy amplia y en otra secundaria, ésta era la que, le habían dado instrucciones, debía tomar. Al final dio vuelta a la derecha, y a unos cuantos metros se encontró frente al más elegante edificio de cuatro pisos. Ella sabía que ahí vivía el hombre que entrevistaría.

Consultó su reloj, sintiendo gran nerviosismo. ¡No tenía el carácter para hacer esas cosas! Y lo comprobó, además, por las náuseas que sentía. Faltaban aún quince minutos para que fuera la hora convenida.

Durante un momento trató de calmarse y de aparentar seguridad en sí misma, luego, más tranquila, salió del auto y se acercó a la imponente puerta principal del edificio.

De pronto un ataque de pánico casi la hizo retroceder, pero sin hacer caso a sus emociones presionó el timbre de porcelana. Era demasiado tarde para huir, y empezó a luchar, desesperada por mantener la calma repasando de nuevo toda la lista de preguntas, pero no recordaba ni una.

En ese momento, con el corazón en los pies, escuchó que alguien se acercaba. Si había pensado que era el hombre que allí vivía, habría sentido desilusión. No era un hombre quien abrió la puerta, sino una mujer regordeta como de cincuenta años.

– Buenos días -dijo Fabia sonriendo a la señora.

– Dobryden -respondió la mujer con sus propios "buenos días".

Por el bien de su hermana, Fabia continuó sonriendo, pero se desanimó al comprender que esa señora fuera su esposa, ama de llaves o ambas cosas, no sabía hablar inglés. Y tampoco, por la expresión de intriga en su rostro, estaba informada de su visita.



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