
LeValley se encaminó a la escalera y bajó. Cassie se acercó a la puerta para seguirla. Al salir al pasillo se volvió a mirar la colección de animales de peluche de la estantería que colgaba sobre la cama. La niña mostraba una preferencia por los perros. Cassie observó una vez más el dibujo del caballete.
Abajo, en la sala de estar, LeValley le ofreció una tablilla portapapeles con una ficha. Cassie escribió el nombre de Karen Palty, una vieja amiga de cuando repartía cartas en las mesas de blackjack, e inventó un número de teléfono con el código de área de Hollywood y una dirección de Nichols Canyon Road. LeValley leyó el formulario cuando ella se lo devolvió.
– Karen, ¿sabe?, si esta casa no es lo que está buscando hay muchas otras en el cañón que le enseñaría con mucho gusto.
– Bueno, eso estaría bien. Pero deje que antes piense en ésta.
– Ah, claro. Avíseme cuando quiera. Tome una tarjeta.
LeValley le ofreció su tarjeta y Cassie se la guardó. Por la ventana de la sala vio que un coche aparcaba detrás del Boxster: otro potencial comprador. Decidió que era su oportunidad de hacer preguntas.
– El anuncio del periódico decía que a los Shaw les urgía vender. ¿Le importa que le pregunte cómo es eso? Quiero decir, ¿hay algún problema con la casa?
A media pregunta, Cassie cayó en la cuenta de que había utilizado el nombre de los propietarios. Entonces recordó las letras de madera en la pared de la habitación de la niña: una protección en el caso de que LeValley reparara en su patinazo.
– Oh, no, no tiene nada que ver con la casa -dijo LeValley-. A él lo han enviado a otro sitio y están ansiosos por mudarse e instalarse en su nuevo destino. Si venden pronto podrán mudarse juntos y él no tendrá que andar yendo y viniendo. Es un viaje muy largo.
