
Cassie sintió que necesitaba sentarse, pero permaneció de pie. Una terrible amenaza ensombreció su corazón. Trató de mantenerse en pie, apoyándose en el hogar de piedra, pero supo que no había ocultado el impacto de las palabras que acababa de escuchar.
«Es un viaje muy largo.»
– ¿Está bien? -preguntó LeValley.
– Sí, es que estuve con gripe la semana pasada y…
– Ya sé. Yo la pasé hace unas semanas. Fue horrible.
Cassie volvió la cara y actuó como si estuviera examinando el enladrillado de la chimenea.
– ¿Y se van muy lejos? -preguntó con la máxima indiferencia que pudo, teniendo en cuenta los miedos que manaban en su interior.
Cerró los ojos y esperó, convencida de que LeValley ya sabía que no había venido a ver la casa.
– A París. El trabaja en una empresa importadora de ropa y quieren que se instale allí durante un tiempo. Pensaron en conservar la casa, en alquilarla. Pero creo que se dieron cuenta de que es probable que no vuelvan. Es París, nada menos. ¿A quién no le gustaría vivir allí?
Cassie abrió los ojos y asintió.
– París…
LeValley continuó en un tono casi de conspiración.
– Por ese motivo están muy interesados en cualquier tipo de oferta. La empresa de él le cubre si vende por debajo del precio de tasación, dentro de unos límites razonables, claro. Así que puede que acepten una oferta rápida, aunque sea baja. Quieren trasladarse para que la niña empiece un curso de francés este verano, para que aprenda el idioma y pueda integrarse al inicio del curso.
Cassie no estaba escuchando el discursito comercial. Tenía la mirada fija en la oscuridad de la chimenea. En ella habían ardido mil fuegos que habían calentado la casa, pero en ese momento los ladrillos estaban negros y fríos, y Cassie sintió que contemplaba su propia alma.
