Hollywood Porsche vendía coches nuevos y usados. Por ser la más novata del equipo de seis vendedores, a Cassie le tocaba el turno de los lunes y manejar los negocios relacionados con Internet. Esto último no le molestaba, porque había tomado clases de informática en la institución penitenciaria para mujeres de High Desert y el trabajo le agradaba. Prefería tratar con clientes y vendedores de otros concesionarios a través de Internet que hacerlo en persona.

Su búsqueda de un Speedster de las características solicitadas resultó fructuosa. Localizó un descapotable del 58 en perfecto estado en San José y arregló todo para que le mandaran fotos y los detalles técnicos al día siguiente. Dejó un mensaje al cliente en el que le decía que podía pasarse por la tarde a ver las fotos, o bien se las mandaría a su despacho en cuanto las recibiera.

La única prueba de conducción del día llegó poco después de comer. El cliente era uno de los que Ray denominaba «empalmados de Hollywood», un nombre que se le había ocurrido pensando en sí mismo.

Ray revisaba de un modo casi religioso el Hollywood Repórter y el Daily Variety en busca de historias de don nadies que se habían hecho un nombre de la noche a la mañana. Las más de las veces se trataba de escritores rescatados de una oscuridad miserable y convertidos en ricos y famosos, al menos por un día, gracias a la venta de un libro o un guión a un estudio. Elegido el objetivo, Ray obtenía su dirección del Sindicato de Guionistas o de un amigo que tenía en el censo electoral. Entonces pedía al Sunset Liquor Deli que le mandara una botella de Macallan junto con su tarjeta y una nota de felicitación.



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