Algo más de la mitad de las veces funcionaba. El interesado contestaba con una llamada a Ray y una posterior visita al concesionario. Poseer un Porsche constituía casi un rito iniciático en Hollywood, sobre todo para los hombres veinteañeros, grupo en el que al parecer se inscribían todos los guionistas. Ray pasaba estos clientes a su personal comercial y se partía con ellos la comisión de cualquier posible venta, una vez descontado el coste del whisky escocés.

La prueba que Cassie tenía el lunes era con un escritor que acababa de firmar un acuerdo millonario con la Paramount. Ray, consciente de que Cassie no había vendido ni un solo coche en tres semanas, se lo pasó a ella. El nombre del escritor era Joe Michaels y estaba interesado en un Carrera cabriolet nuevo, un automóvil que costaría casi cien mil dólares, completamente equipado. Con la comisión, Cassie cubriría su presupuesto de todo el mes.

Con Joe en el asiento de la derecha, Cassie tomó por Nichols Canyon hasta Mulholland Drive y luego se dirigió hacia el este por la serpenteante carretera. Seguía la rutina que se había establecido, porque era allí arriba, en Mulholland, donde el coche y la potencia y el sexo se fundían en la imaginación. A los clientes les quedaba muy claro qué estaba vendiendo.

El tráfico, como de costumbre, era fluido: salvo por los ocasionales grupitos de moteros, la carretera era suya. Cassie hizo alarde de sus habilidades, reduciendo al entrar en las curvas y acelerando a la salida. Miraba de reojo a Michaels de cuando en cuando, pendiente de detectar en su rostro la prueba de que la venta estaba hecha.

– ¿Estás trabajando en una película, ahora mismo? -preguntó.

– Estoy reescribiendo un filme policiaco.

Una buena señal, que llamara a la película filme. Sobre todo una de polis. Los que se tomaban a sí mismos demasiado en serio -y tenían dinero- los llamaban filmes.



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