– ¿Quién la hace?

– Aún no se conoce el reparto. La estoy reescribiendo porque los diálogos eran de pena.

Como preparación para la prueba de conducción, Cassie había leído el artículo de Variety sobre el contrato de primera opción. Decía que Michaels se acababa de licenciar en la escuela de cine de la Universidad del Sur de California y que el corto de quince minutos que había rodado había obtenido un premio patrocinado por un estudio. No aparentaba más de veinticinco años. Cassie se preguntó de dónde sacaría los diálogos. No tenía pinta de haberse cruzado con un poli en su vida, y menos aún con delincuentes. Probablemente, los diálogos se basarían en lo visto en televisión o en otras pelis, pensó.

– ¿Quieres conducir ahora, John?

– Es Joe.

Genial. Lo había llamado John a propósito para ver si la corregía, y el que así lo hiciera le confirmó que era serio y ególatra, una buena combinación cuando se trataba de comprar y vender automóviles serios y ególatras.

– Joe, entonces.

Aparcó en un mirador con vistas al Hollywood Bowl. Paró el motor, echó el freno de mano y salió. No se volvió a mirar a Michaels mientras caminaba hasta el borde del abismo, ponía un pie encima de la barrera de seguridad, se ataba las Doc Marten y miraba hacia abajo, al Bowl vacío. Llevaba unos vaqueros negros ajustados y una camiseta blanca sin mangas debajo de una camisa de etiqueta azul desabotonada. Cassie sabía que era atractiva y su radar le decía que Michaels la estaba mirando a ella y no al coche. Se pasó los dedos por el cabello rubio, recién cortado muy corto para llevar la peluca, y al volverse abruptamente lo pilló observándola. Él enseguida miró por encima de ella, hacia el centro de la ciudad que se adivinaba entre la nube rosada de contaminación.



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