
– Bueno, ¿qué te parece? -preguntó ella.
– Creo que me gusta -dijo Michaels-, pero hay que conducirlo para estar seguro.
Él sonrió. Ella sonrió. Decididamente estaban sintonizando.
– Entonces, hagámoslo -dijo ella, sin abandonar el juego de dobles sentidos.
Volvieron al Porsche y Cassie se sentó en el asiento del pasajero, un poco de lado para mirar a Joe. Michaels llevó la mano derecha al volante y buscó la llave de contacto.
– En el otro lado -dijo ella.
Él encontró la llave de contacto en el salpicadero, a la izquierda del volante.
– Es una tradición de Porsche -explicó ella-. Desde que hacían coches de carreras. Así podías poner en marcha el motor con la izquierda y mantener la derecha en la palanca del cambio. Un arranque rápido.
Michaels asintió. Cassie sabía que esta anécdota siempre funcionaba con los hombres. Ni siquiera estaba segura de que fuera cierta -se la había contado Ray-, pero la soltaba siempre. Supuso que Michaels se estaba imaginando a sí mismo contándoselo a alguna preciosidad que se hubiera ligado en Sunset Strip.
Él arrancó, dio la vuelta y condujo de nuevo hacia Mulholland, con el motor revolucionado en exceso. Después de unas cuantas curvas, comprendió las sutilezas del cambio de marchas y empezó a tomarlas con suavidad. Cassie advirtió que él contenía una sonrisa cuando pillaba una recta y en sólo unos segundos el velocímetro se ponía a ciento veinte. Era algo que no podía evitar, la satisfacción se reflejaba en su cara. Conocía esa cara y su significado. Algunos la obtenían de la velocidad y la potencia, otros de otro modo. Cassie pensó en cuánto tiempo hacía que no sentía eso mismo en su propia sangre.
