Cassie miró en su pequeño despacho para ver si le habían dejado alguna nota en el escritorio. No había ninguna. Avanzó por el concesionario, recorrió con el dedo un clásico alerón de cola de ballena y pasó junto al despacho financiero hasta la oficina del jefe. Ray Morales levantó la cabeza de los papeles cuando ella entró y colgó las llaves del Carrera en el gancho correspondiente. Cassie sabía que él esperaba que le contase cómo le había ido. Después de todo, había invertido más de cien dólares en un whisky escocés.

– Va a tomarse un par de días para pensarlo -dijo sin mirar a Ray-. Lo llamaré el miércoles.

Cuando Cassie se disponía a salir, Ray dejó el bolígrafo y apartó la silla del escritorio.

– Mierda, Cassie, ¿qué te pasa? Este tío era un empalmado. ¿Cómo es que lo has perdido?

– No he dicho que lo haya perdido -le corrigió Cassie, con un exagerado tono de protesta-. He dicho que se lo iba a pensar. No todo el mundo compra después de conducir el coche una vez, Ray. Este coche va a costar cien de los grandes.

– Estos tipos lo hacen. Con un Porsche lo hacen. No piensan, compran. Joder, Cassie, estaba a punto, lo noté cuando hablé por teléfono con él. ¿Sabes qué estás haciendo? Creo que los estás ahuyentando. Has de acercarte a ellos como si fueran el próximo Cecil B. DeMille, no hacerles sentir mal por lo que hacen o por lo que quieren.

Cassie se puso en jarras, indignada.

– Ray, no sé de qué estás hablando. Yo trato de vender el coche, no de quitarles la idea de la cabeza. No hago que se sientan mal. Y ninguno de estos tíos tiene ni idea de quién era Cecil B. DeMille.



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