
– Entonces Spielberg, Lucas o quien sea. Me da igual. Esto es un arte, Cassie. Eso es lo que te estoy diciendo y lo que he tratado de enseñarte. Es cuestión de tacto, de sexo, de ponérsela dura. Cuando llegaste aquí lo hacías. Movías, ¿cuántos?, cinco o seis coches al mes. Ahora, no sé qué estás haciendo.
Cassie bajó un momento la mirada antes de responder. Se metió las manos en los bolsillos. Sabía que Ray tenía razón.
– Vale, Ray, tienes razón. Mejoraré. Creo que estoy un poco descentrada.
– ¿Cómo es eso?
– No estoy segura.
– ¿Quieres tomarte unos días?
– No, estoy bien. Pero mañana entraré tarde. Tengo mi sesión de pipí en Van Nuys.
– Claro, no te preocupes. ¿Cómo te va? Aquella señora no ha vuelto a aparecer por aquí, ni tampoco ha llamado por teléfono.
– Va bien. Seguramente no sabrás nada de ella a no ser que la cague.
– Bueno, pues no lo hagas.
Había algo en el tono de voz de Ray que la molestaba, pero lo dejó de lado. Apartó la mirada y la fijó en el escritorio. Vio que había un albarán de entrada en una pila de papeles, a un lado de la mesa.
– ¿Viene un camión? -preguntó.
Ray siguió la mirada de ella hasta el albarán y asintió.
– El martes próximo. Cuatro Boxster, tres Carrera; dos de ellos cabrioléis.
– Bien, ¿ya sabes los colores?
– Los Carrera son blancos. Los Boxster vienen en ártico, blanco, negro y creo que amarillo. -Levantó el albarán y lo leyó-. Sí, amarillo. Estaría bien apalabrarlos antes de que lleguen. Meehan ya tiene un pedido para uno de los cabrioléis.
