
– Veré qué puedo hacer.
Ray le guiñó un ojo y sonrió.
– Esa es mi chica.
El tonito estaba presente otra vez. Y el guiño. Cassie supuso que Ray por fin se preparaba para cobrarse sus actos de beneficencia. Quizás había estado esperando una mala racha de ella para de este modo dejarle menos capacidad de maniobra. Cassie sabía que haría algún movimiento pronto y tenía que pensar en cómo manejarlo. Pero su cabeza estaba ocupada por cuestiones más importantes. Dejó al jefe en su despacho y se encaminó hacia el suyo.
Capítulo 3
Las oficinas del Departamento de Libertad Condicional y Servicios a la Comunidad de California se hallaban embutidas en un edificio gris de una sola planta de hormigón prefundido que se alzaba a la sombra del Tribunal Municipal, en Van Nuys. El anodino aspecto exterior parecía en sintonía con su propósito: la pausada reintegración en la sociedad de los reclusos.
El interior del inmueble seguía el ejemplo de los parques de atracciones en cuanto a control de la multitud; aunque en este caso los que esperaban no siempre estaban tan ansiosos por llegar al final de la fila. Los ex presidiarios se acumulaban como ganado en un laberinto de filas acordonadas que se doblaban una y otra vez llenando pasillos y salas. Había filas de convictos esperando para sellar, filas de espera para las pruebas de orina, filas de espera para entrevistas con los agentes de la condicional: filas en los cuatro cuadrantes del edificio.
Para Cassie Black la oficina de la condicional era más deprimente de lo que había sido la cárcel. En High Desert había permanecido en una suerte de éxtasis, como esos personajes de las películas de ciencia ficción que se sumen en una especie de hibernación después de un largo viaje de regreso a la Tierra. Así lo veía Cassie. En prisión respiraba, pero no vivía, se limitaba a sobrevivir con la esperanza de que el final de su condena llegaría más pronto que tarde.
